11/05/2025
"Vi morir a un amigo en un accidente que jamás debió ocurrir… y ese día lo entendí todo: ningún auto vale más que una vida."
Mi nombre es Assar Gabrielsson, y no fundé Volvo por ambición… lo hice por necesidad.
En los años 20, trabajaba en una empresa de rodamientos llamada SKF. Y mientras todos admiraban los autos americanos o alemanes, yo veía otra cosa:
Suecia necesitaba algo propio. Un auto que no solo se moviera, sino que protegiera.
Un auto que resistiera el hielo, las carreteras en mal estado…
Y que cuidara a las personas.
Muchos se burlaron de mí.
Decían que era una idea absurda.
Pero junto a Gustaf Larson, empezamos desde cero.
¿Una gran fábrica? No. Empezamos en una cocina.
Sí, una cocina. Con bocetos, café y determinación.
No teníamos dinero, ni apoyo, ni maquinaria.
Solo sueños y noches sin dormir.
Calculábamos cada tornillo a mano.
Y cuando finalmente lanzamos el primer Volvo en 1927, la gente lo criticó.
“Feo.”
“Lento.”
“Sin estilo.”
Pero yo no buscaba crear el auto más bonito…
Quería crear el más seguro.
Perdí a un compañero en un accidente donde un mejor diseño pudo haberle salvado la vida.
Esa herida me hizo prometer que jamás dejaría que la estética valiera más que la seguridad.
Nos llamaron tercos, anticuados, exagerados.
Y aún así, seguimos.
Creamos el cinturón de seguridad de tres puntos y lo ofrecimos gratis al mundo entero.
No ganamos dinero con eso…
Pero salvamos millones de vidas.
Durante años, Volvo fue la marca menos llamativa, pero la más confiable.
Y cuando el mundo entendió que la seguridad no era un lujo, sino un derecho…
Volvo ya llevaba años liderando ese camino.
Hoy miles de personas siguen vivas por una sola decisión: hacer lo correcto, aunque no fuera lo más popular.
Porque un verdadero legado no se mide en autos vendidos…
Se mide en vidas protegidas.
— Assar Gabrielsson, fundador de VOLVO.