06/10/2026
Las manos de la oligarquía
Quizás el mayor peligro al que nos enfrentamos no sea que el mundo se acabe.
Quizás sea algo mucho más silencioso:
que un día nos acostumbremos a odiarnos,
a mirar con desprecio al que piensa diferente,
a desconfiar del vecino como si fuera una pieza defectuosa.
En el taller, cuando una pieza no encaja, no la machaco con un ma****lo.
La observo, mido su tolerancia, busco el punto de fricción.
Porque la fricción mata el motor.
Y ahí fuera, estamos llenando la máquina de rozamiento.
Nos están acostumbrando a vivir enfrentados,
como si el otro fuera un engranaje que hay que expulsar.
Mientras nosotros nos peleamos por colores, ideas, fronteras o etiquetas,
olvidamos lo más importante:
que detrás de cada opinión hay una persona,
detrás de cada familia hay preocupaciones,
y detrás de cada ser humano hay alguien que también quiere vivir en paz.
No tenemos que pensar igual.
No tenemos que votar igual.
No tenemos que creer lo mismo.
Pero tenemos que aprender a respetarnos otra vez.
Porque una sociedad dividida es una sociedad débil.
Es como un motor al que le hemos quitado el aceite.
Cuando dejamos de hablar, dejamos de entendernos.
Cuando dejamos de entendernos, empezamos a temernos.
Y cuando empezamos a temernos,
es muy fácil que alguien consiga convertirnos en enemigos.
Eso es un falso aire.
Una fuga de respeto que se cuela por las grietas
y que, si no la sellamos a tiempo,
hace que el motor se agarre y se rompa.
Al final del día, cuando se apagan las pantallas y desaparecen los titulares,
todos volvemos a nuestras casas.
Unos abrazan a sus hijos.
Otros cuidan de sus padres.
Otros salen a trabajar para sacar adelante a su familia.
Otros simplemente desean tener un poco de tranquilidad.
La vida real no debería ser una guerra permanente.
El mundo no necesita más odio.
Necesita personas capaces de recordar
que, antes de ser de un lado o del otro, somos personas.
Y que el matiz, como el aceite, no muere:
sobrevive en nuestra conciencia,
y es el único lubricante capaz de mantener esta gran máquina girando.
Anestesiada la plebe bajo el titilar del kinetoscopio,
la plutocracia engrasa su cosecha perpetua.
Un anciano cierra la puerta de su hogar,
y en los altos palacios se brinda por el invierno.
El óxido jamás perdona,
aunque ellos aprendieran a vestirlo de oro.
El converso mendiga alivio en la clínica moderna,
mientras los guardianes del capital
contabilizan la rentabilidad del desgaste.
La mano tiembla al dosificar el letargo,
pero el soberano del dinero sonríe:
sabe que un alma sin mantenimiento
termina cediendo por fatiga.
Alineadas las conciencias en academias de optimismo prefabricado,
los arquitectos del monopolio
calculan el beneficio de la debilidad.
Carestía. Desahucio. Tributo.
Tres engranajes de una misma máquina,
engrasada con el sudor de quienes
jamás ocuparán el salón de mando.
Los tribunos del pueblo y los legados de la corporación
escenifican desacuerdos sobre un escenario perfectamente engrasado.
La multitud aplaude el espectáculo,
mientras los dueños del mecanismo
ajustan los tornillos del beneficio
en su silencioso taller de sombras.
Las ciudades se revisten de piedra,
los barrios aprenden la obediencia,
los viejos escudos vuelven a colgarse
como si el poder pudiera heredarse igual que un apellido.
Y, una vez más, los poseedores del mundo
vuelven a frotarse las manos.
Pero abajo,
donde el óxido se combate con paciencia,
donde el mantenimiento es una forma de dignidad,
donde cada pieza se ajusta a pulso
y cada herramienta conoce el peso del esfuerzo,
todavía queda quien se niega a entregar el alma al engranaje.
Porque un motor bien cuidado no se detiene por decreto.
Y un alma revisada a tiempo no acepta vivir como pieza de recambio.
Así que agarra tu herramienta.
Busca al de al lado.
Ajustad juntos lo que ellos quieren roto.
Que el motor no lo mueva el miedo:
que lo mueva el aceite de las manos que aún se niegan a soltarlo.
Amiss0709.S.C.S
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