10/02/2020
Un día de primavera, por los montes de Navas del Marqués, más allá de El Escorial, por una carretera perdida que solo llevaba a un cercado donde pastaban unas vacas rubias, apareció un Cadillac 1971 Eldorado, descapotable, de color rojo, largo, muy largo, con Serrat y Sabina a bordo, unidos por la misma marca Stetson del sombrero y la gorra. Aparte de estos dos pájaros que cantan en los escenarios había otros que en ese momento cantaban en las ramas de los pinos, robles y carrascas. Contemplar a Sabina respirando un aire extremadamente puro con olor a lavanda era en este caso el espectáculo. Se podía temer que lo matara aquella descarga de oxígeno con su punta afilada de navaja, pero se comportó como un valiente. Por su parte Serrat, que es más de mar y montaña, respiraba a pleno pulmón sin temer peligro alguno. Por allí andaban sus mujeres, Candela y Jimena, que ejercen con ellos de compañeras, amantes, enfermeras y asistentas sociales.
Decía Sabina: “Yo con el martirio de los autógrafos y los selfis ya no puedo salir de casa. Algunos amigos tienen la llave. Saben que allí hay camas”. Ahora en esta tierra alta, de místicos y jabalíes, Sabina se sentía a salvo, a menos que una vaca se acercara a abrazarle. En cambio, Serrat suele aceptar la gloria como un pan tierno de cada día que le manda la vida y sonríe como la cosa más natural cuando un matrimonio de cierta edad, después de felicitarle, le confiesa que ha engendrado a sus hijos escuchándole cantar y hasta ahora nadie le ha ha pedido daños y perjuicios.
Serrat y Sabina volverán en otoño a unir de nuevo sus voces en el Cono Sur de Latinoamérica donde son dioses, cada uno en su nube de algodón, entre la lírica y el desgarro, ambos con su endiablado talento. Un día Rafael Azcona les dijo: “Lo habéis conseguido todo, venga, dejadlo ya”. Cómo lo va dejar Sabina si sigue imbatido después de haber meado sobre el limón espumoso de miles de urinarios en bares de madrugada; si Joan Manuel Serrat ha sobrevivido al Mediterráneo y conserva intacta la rebeldía moral, comprometida de unos tiempos difíciles, pero siempre envuelta en el aura de una dicha de vivir y en la melancolía