15/10/2025
Pajarito se queda solo: entre casas vacías y escuelas que ya no escuchan risas
En Pajarito, Boyacá, el tiempo parece haberse detenido. Las casas de madera vieja y las de ladrillo sin repello permanecen en pie, resistiendo al abandono y al silencio que cada día se hace más profundo. Lo que antes era vida, hoy son recuerdos. El campo se está quedando sin gente.
La zona rural del municipio se vacía lentamente. La falta de vías, el abandono estatal, el envejecimiento de la población y la ausencia de servicios básicos como agua, energía y conectividad, han empujado a sus habitantes a marcharse. Los jóvenes se fueron buscando oportunidades que aquí ya no existen; los mayores, cansados, se quedaron viendo cómo la soledad se apodera de todo.
El golpe más duro se siente en la educación. Varias escuelas veredales cerraron sus puertas. En los pupitres aún hay cuadernos abiertos, tizas partidas y tableros que guardan las últimas lecciones. Los techos de zinc gotean cuando llueve, y las paredes —agrietadas por el tiempo— son testigo del olvido.
Por los caminos de herradura apenas se cruzan algunos campesinos que siguen sembrando, más por costumbre que por esperanza. “Las casas se caen, las fincas se llenan de monte… y ya no hay niños para escuchar cantar los gallos”, dice don Germán, uno de los pocos que aún resiste en su vereda.
El éxodo rural no solo está vaciando las montañas de Pajarito; está borrando su identidad campesina. Las casas, las escuelas y los caminos son ahora un recordatorio de lo que alguna vez fue una comunidad viva.
Pajarito no se muere de un día para otro. Muere lentamente, entre promesas incumplidas, proyectos que nunca llegaron y el eco de un país que parece no escuchar a su gente del campo.
Y mientras las casas se cubren de polvo y las escuelas se hunden en el silencio, el campo boyacense se desvanece, esperando que alguien vuelva a creer en él.