11/08/2025
HONRAR A LOS NUESTROS ES TAMBIÉN UNA MANERA DE SEGUIR FUNDANDO QUEVEDO CADA DÍA.
Fuente: Cronicas Quevedenas
A Don Marco Cortes lo recordamos como se recuerda al vecino bueno que siempre cumplía. Ex alcalde de Quevedo, político de palabra, de esos que caminaban la ciudad sin aspavientos. Hizo obras que hoy seguimos usando, como quien hereda una casa y la cuida con cariño. Avenidas que ya no levantan polvo, parques donde la risa todavía hace eco, y orden en las cosas. No eran tiempos fáciles, pero él tenía ese empuje sereno que convence sin gritar. Uno lo veía pasar y se sentía que Quevedo iba agarrando forma, como mesa bien servida. No hay esquina donde no haya quedado un detalle suyo. Por eso, cuando lo encontramos por ahí, el pecho se nos acomoda solito de orgullo. Se le agradece con un apretón de manos y una anécdota que asoma, sin necesidad de discurso. Porque a la ciudad también la hacen los hombres que trabajan en silencio y miran adelante.
De Don Walter Andrade Fajardo contamos historias con voz media baja, como quien reza. Varias veces legislador, presidente del Concejo Cantonal, Gobernador, y siempre servidor. Era de esos que se sabían los nombres de la gente y el mapa de los problemas a pie. Iba, venía, gestionaba, y de pronto había una solución que parecía imposible la semana anterior. Hoy ya no está, pero su presencia ronda, suave, en cada trámite que salió y en cada puerta que abrió. Uno recorre Quevedo y lo siente en los pasos, como un compás parejo cuidando el ritmo. Quedaron obras, claro, pero sobre todo quedó esa manera decente de llevar la cosa pública. A veces, al doblar la esquina, uno juraría verlo con su portafolioen la mano y la mirada firme. Entonces el recuerdo se vuelve escuela, y da ganas de hacer las cosas mejor y sin atajos. Porque hay ausencias que alumbran, y la de él, sonde se mire, sigue encendida en nuestro cotidiano.
Entre Don Marco y Don Walter se teje una misma hebra: amor viejo por esta tierra. Uno presente todavía, saludado en la calle, y el otro presente a su modo, desde la memoria. Ambos nos enseñaron que las ciudades no se cuentan, se construyen todos los días. Que una obra vale por la gente que la usa y por la transparencia con que se la hizo. Que el progreso se parece más a una vereda limpia y a un semáforo que funciona que a un discurso. Cuando conversamos de ellos, Quevedo se endereza de orgullo y se pone su mejor sombrero. Los muchachos deberían oír estas historias, para entender de dónde viene el piso que pisan. Y nosotros, ya con canas, seguimos agradeciendo ese empuje que nos dejó buen norte. Así, de mano en mano, el legado se vuelve costumbre y la costumbre, ciudad con alma. Porque honrar a los nuestros es también una manera de seguir fundando Quevedo cada día.